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domingo, 14 de julio de 2019

Habíamos tenido una conversación un poco incómoda acerca de algo bastante irrelevante yendo hasta la estación.
Quizás le haya contado sobre alguna película que enganché esa semana en el cable, como siempre creo; ella estoy seguro, me contó una teoría disparatada acerca de hinchas de Racing. Como siempre, creo.
En algún lugar adentro mío sabía que iba a ser la última vez que la viera? Sí, yo creo que un poco lo sabía, pero me daba culpa. Y a la vez: si ya no soporto su cara y si todos sus gestos me desagradan, si leer su nombre me irrita (y ni que hablar de pronunciarlo), entonces no quedaba otra, ¿no? Ella no iba a dejarme a mí, creo. No, me tenía demasiado cariño (nunca entendí el por qué).

sábado, 13 de julio de 2019

El rey vago del soft rock piensa el futuro desde su sillón.
Afuera, la niebla se come todo.
Adentro, el calor que emana del calefactor no nos deja tener un sweater puesto (andamos en remera, entonces).
Se pregunta varias cosas, a saber:
?Qué será de Kiera cuando él ya no esté¿ 
?Cuánto falta para ya no estar¿


Desde afuera no parece, pero siempre está pensando en la muerte. En su muerte. Sobre todo últimamente, pero eso ya es más notorio (y él lo sabe, e intenta disimularlo pero cuando la música se detiene, cuando la banda hace un párate para pasar a otro tema, cuando él deja de cantar por un segundo y suelta el mango de la guitarra para agarrar la lata de cerveza mientras suena la parte que canta el otro guitarrista: ahí es cuando todas sus facciones se desconfiguran y por un momento deja de ser esta pseudo estrella del soft rock despreocupado -es, por un breve instante casi imperceptible, otro tipo más preocupado).
A mí lo que me mataba era que ella vendiera ropa usada por internet. ¿Qué clase de oficio es ese? Pero nunca le dije nada, no sé qué piensa él. No sé si tendría que pensar algo, pero intuyo que lo hacía, que parte de la problemática que tanto lugar ocupaba dentro suyo era esa, parte del qué pasaría con Kiera: una de las situaciones que no iba a llegar a conocer por haber dejado de existir.
Ahora, recostado en su sillón color, la ansiedad lo comía por dentro mientras permanecía completamente inmóvil. Hacía por lo menos un año que el pelo se le caía de a mechones. Incluso ahora, mientras permanecía inmóvil sobre -casi dentro de- su sillón amarillo (de ellos, de los dos, de Kiera y él, e incluso de los gatos) sentía como el pelo se le desprendía hebra a hebra del cuero cabelludo. 

miércoles, 12 de junio de 2019

La ví fumar solamente un par veces y todas quise ser cigarrillo.
Esta iba a ser la última vez que la viera fumar. Sin que ella se diera cuenta, memoricé todo el ritual: la búsqueda del encendedor y los fósforos en la mochila (compartimiento más pequeño), el tanteo de los bolsillos de la campera de jean gastado hasta dar con el tabaco... y de ahora en más cuando la extrañara podría reproducir como una película esa escena, en lugar de escribirle y terminar teniendo conversaciones de tres horas en las que ambos resultaríamos invariablemente lastimados.
No la abracé antes de que se subiera al tren, no sé bien por qué. A veces me arrepiento, otras no. Hubiese sido peor.
Quise meterme abajo de su piel, respirar su sangre y mancharme con su olor, hasta que un día no quise más. Quise tragarme la reverberación que producía su voz al hablarme siempre que salíamos de la casa de mi mamá, recostarme y dejarme intoxicar con las ocurrencias que me confesaba a la madrugada en largas conversaciones telefónicas.
Y entre soslayos a sus pitadas, lentas pero constantes y un poco nerviosas, consideré unos minutos si esto estaba bien, si era lo correcto. No lo era.
Fijé la mirada en su espalda, un poco desnuda porque era verano y hacía calor, pero enseguida miré hacia otro lado. Tenía mala postura y el arqueo de la columna marcaba toda clase de músculos que alguna vez intenté memorizar pero que no pude por falta de ganas. Y sin embargo, algunas veces como ahora si cierro los ojos y me concentro estoy casi seguro de poder delinear casi a la perfección todas esas curvas que otrora dí por sentadas y ordinarias, que no pensé que iba a extrañar, que no me dí cuenta que me gustaban tanto.