miércoles, 12 de junio de 2019

La ví fumar solamente un par veces y todas quise ser cigarrillo.
Esta iba a ser la última vez que la viera fumar. Sin que ella se diera cuenta, memoricé todo el ritual: la búsqueda del encendedor y los fósforos en la mochila (compartimiento más pequeño), el tanteo de los bolsillos de la campera de jean gastado hasta dar con el tabaco... y de ahora en más cuando la extrañara podría reproducir como una película esa escena, en lugar de escribirle y terminar teniendo conversaciones de tres horas en las que ambos resultaríamos invariablemente lastimados.
No la abracé antes de que se subiera al tren, no sé bien por qué. A veces me arrepiento, otras no. Hubiese sido peor.
Quise meterme abajo de su piel, respirar su sangre y mancharme con su olor, hasta que un día no quise más. Quise tragarme la reverberación que producía su voz al hablarme siempre que salíamos de la casa de mi mamá, recostarme y dejarme intoxicar con las ocurrencias que me confesaba a la madrugada en largas conversaciones telefónicas.
Y entre soslayos a sus pitadas, lentas pero constantes y un poco nerviosas, consideré unos minutos si esto estaba bien, si era lo correcto. No lo era.
Fijé la mirada en su espalda, un poco desnuda porque era verano y hacía calor, pero enseguida miré hacia otro lado. Tenía mala postura y el arqueo de la columna marcaba toda clase de músculos que alguna vez intenté memorizar pero que no pude por falta de ganas. Y sin embargo, algunas veces como ahora si cierro los ojos y me concentro estoy casi seguro de poder delinear casi a la perfección todas esas curvas que otrora dí por sentadas y ordinarias, que no pensé que iba a extrañar, que no me dí cuenta que me gustaban tanto.

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