La risa era copiosa y aún horas después de haberla oído, la sentía como repiquetear contra las paredes de su cráneo. En un principio intentó no prestarle atención, pero a eso de las diez y cuarto le fue imposible seguir, y ya todo con lo que era capaz de llenar su pensamientos eran esas carcajadas. Parecía ser una risa contagiosa, pero lo único que lograba en su persona eran ganas de llorar.
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críticas a mi autoestima delírica