Movió un poco los pies, como pudo, como revolviendo las
piedritas que yacían siempre entre las durmientes. El ruido de las
piedritas chocando entre sí la tranquilizó.
Se despertó un día y sintió que las cosas no marchaban bien, pero igual se levantó e incluso, hizo todo lo que hacía todos los otros días que no se levantaba pensando que nada estaba bien.
Cuando abrió la puerta, sintió que el mundo no le daba la bienvenida tirándole en la cara una correntada de viento frío de junio, pero igual siguió.
Se sentó en la escalerita de piedras que acostumbraba y esperó y vió cómo llegaba caminando, despacio, con una cara que no reflejaba nada excepto tal vez, el frío a causa del viento frío en los cachetes colorados. Se saludaron y durante un momento, quedaron enfrentados y envueltos en un incómodo silencio que todavía no habían aprendido a romper.
- ¿De verdad no...?
- No. No sé. No creo, no tengo ganas. Ahora no.
Y así como vino, se fue, dejando la enclenque y triste figura que sentía que nada estaba bien, sentada en el segundo escalón de piedra de una escalera que tenía tres en total; no triste, sino con una especie de angustia sobria y ambigua, demasiado perceptible de lejos y muy poco de cerca. Pero ya no importaba, porque ahora tenía cosas más importantes o más preocupantes de las que ocuparse, aunque contestando con sinceridad, la realidad era que no quería pensar en las angustias ambiguas de nadie que decidiera sentarse en una escalera de piedra al aire libre una mañana del mes de junio.
Con determinación, se propuso prologar el momento todo lo que se pudiese, pero al cabo de dos o tres canciones de once minutos de duración, sintió que la hora era esa y se levantó con cierto pesar del escalón de piedra.
Paso, paso, paso, paso, paso. Precipicio minimizado. Caída.
Casi instantáneamente, abrió los ojos nuevamente. Movió un poco los pies, como pudo, como revolviendo las piedritas que yacían siempre entre las durmientes. El ruido de las piedritas chocando entre sí la tranquilizó. Levantó un poco la cabeza y de pronto, sintió físicamente todo el dolor que antes sólo era emocional. Una cara horrorizada dentro de un tren le devolvió la mirada.
Se despertó un día y sintió que las cosas no marchaban bien, pero igual se levantó e incluso, hizo todo lo que hacía todos los otros días que no se levantaba pensando que nada estaba bien.
Cuando abrió la puerta, sintió que el mundo no le daba la bienvenida tirándole en la cara una correntada de viento frío de junio, pero igual siguió.
Se sentó en la escalerita de piedras que acostumbraba y esperó y vió cómo llegaba caminando, despacio, con una cara que no reflejaba nada excepto tal vez, el frío a causa del viento frío en los cachetes colorados. Se saludaron y durante un momento, quedaron enfrentados y envueltos en un incómodo silencio que todavía no habían aprendido a romper.
- ¿De verdad no...?
- No. No sé. No creo, no tengo ganas. Ahora no.
Y así como vino, se fue, dejando la enclenque y triste figura que sentía que nada estaba bien, sentada en el segundo escalón de piedra de una escalera que tenía tres en total; no triste, sino con una especie de angustia sobria y ambigua, demasiado perceptible de lejos y muy poco de cerca. Pero ya no importaba, porque ahora tenía cosas más importantes o más preocupantes de las que ocuparse, aunque contestando con sinceridad, la realidad era que no quería pensar en las angustias ambiguas de nadie que decidiera sentarse en una escalera de piedra al aire libre una mañana del mes de junio.
Con determinación, se propuso prologar el momento todo lo que se pudiese, pero al cabo de dos o tres canciones de once minutos de duración, sintió que la hora era esa y se levantó con cierto pesar del escalón de piedra.
Paso, paso, paso, paso, paso. Precipicio minimizado. Caída.
Casi instantáneamente, abrió los ojos nuevamente. Movió un poco los pies, como pudo, como revolviendo las piedritas que yacían siempre entre las durmientes. El ruido de las piedritas chocando entre sí la tranquilizó. Levantó un poco la cabeza y de pronto, sintió físicamente todo el dolor que antes sólo era emocional. Una cara horrorizada dentro de un tren le devolvió la mirada.
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