Le pedí que se fuera y me senté en un rincón a llorar.
Con un tono de voz que no era el mío, le grité que se fuera. Se lo grité, en el medio de la calle. Y no tuvo tiempo de decirme ni una sola palabra.
En algún rincón perdido de mi cabeza, yo estaba llorando en ese momento. Por fuera, seguí mi camino, andando lento porque estaba temblando; yo siempre tiemblo.
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críticas a mi autoestima delírica