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lunes, 26 de diciembre de 2016

Tengo insomnio o el sueño todo cambiado o demasiadas pocas obligaciones y demasiados muchos proyectos y a la noche cuando todo se queda en silencio me acuerdo de vos y voy pensando en todo lo que te quiero decir la próxima vez que hablemos y no sea para pelear.
Hace calor y el ventilador hace ruido pero si pongo música sé que no me voy a dormir más; intento distraerme leyendo y se me ocurre pensar en si habrás arreglado el aire de tu cuarto o te seguirá tirando aire frío cuando te acostás.

Quiero crecer de las cosas que nos gustaban a los dos pero a la vez no, siento que vamos a seguir teniendo esa parte ahí abajo de nuestra personalidad de adultos siempre aunque más no sea para hacernos acordar a todas esas conversaciones a las tres de mañana acerca de nada y todo lo que íbamos a hacer con nuestras vidas, y aunque nunca lo dijimos, yo me imaginaba que iba a pasarnos en simultáneo, mientras seguíamos siendo amigos.

martes, 23 de junio de 2015

File under: personajes para novela de ciencia ficción.

Julio, 43. Incinerador de banderas.

Un grado bajo cero era la sensación térmica de la mañana en que don Julio C. incineró su última bandera.
Si el mínimo era de 20 km/hr, Julio siempre iba a 15  tranqui. La vida de Julio transcurría en un plano completamente diferente al tuyo o al mío.
Nadie parecía poder explicar porque en una mañana de Septiembre la sensación térmica era de un grado bajo cero, pero pasaba. Don Julio ni se inmutaba, no consumía el Servicio Meteorológico (acaso era ése su secreto).
La camioneta con logo oficial que rezaba alguna frase en latín en letras cursivas se estacionó cerca de las 9 AM en la esquina de Moreno y Ayacucho. No fue hasta bien entradas las diez de la mañana que Don Julio descendió de la camioneta y comenzó con la parte más ardua de su trabajo: espantar a la chusma. Más de 35 años con el mismo régimen y los sorprendente no era que todavía quedaran banderas por quemar, sino que la gente todavía quisiera ser partícipe del espectáculo. Espantó primero a los niños que estaban solos, y luego a los que traían con sí algún adulto o mascota; los últimos eran siempre los adolescentes, que se iban solos ante la incomodidad de compartir una actividad de más de diez minutos con un mayor de 20.
Cuando todo el perímetro estaba bien cercado y el fuego bien encendido, don Julio se llevó una mano al bolsillo de su jardinero color azul y extrajo un celular. La gente, de lejos, miraba expectante. 
Don Julio guardó el celular en el bolsillo del cual antes lo había extraído al cabo de algunos momentos, pero no siguió con su labor. En cambio, lanzó una exclamación que hasta aquellos que había quedado medio alejados de toda la horda de gente apiñada contra el cerco colocado por don Julio pudieron oír: ¡La puta que los parió a todos, hijos de puta! Y acto seguido, corrió con una agilidad impensada para su edad y peso hasta perderse de vista.
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Hoy comí con un xic0 y fue medio raro.
Me compró un sanguche de queso (?).

martes, 1 de julio de 2014

Le subió el volúmen al cd que había puesto. No era buen disco, pero a ella le llegaba y en ese momento de su vida parecía que nunca iba a poder dejar de escucharlo. Ya había pasado, obvio, pero ahí estaba pasando otra vez. Otra vez todo. Una noche te acostás y estás maravillosamente bien y se pueden dormir unas 5 o 6 horas; la siguiente se acuesta y no puede parar de llorar, las horas pasan, se pone los auriculares, intentá escuchar música, las canciones pasan, las horas nunca dejaron de pasar y ya hay que levantarse de nuevo y seguir viviendo a pesar de todo. A pesar del llanto que dura 5 o 6 horas, a pesar de la falta de sueño, a pesar de las palabras y los insultos y las peleas. Hay que salir al mundo.
Pero ahora, hoy, ese día se había terminado y ella estaba acostada, tirada en la cama con ese infame disco sonando relativamente fuerte. Las canciones pasaban como la nohe anterior habían pasado las horas: a través de un llanto que más bien eran muchos sollozos silenciosos, mezclados con intentos por cantar parte de la letra y con ideas y recuerdos que preferiría no tener nunca más.
El décimo tema era, en ese momento de su vida, una canción que estaba en el camino a convertirse en una favorita. Ya había pasado la etapa de repetirla dos veces cuando escuchaba todo el disco entero, ahora tenía que escucharla por lo menos tres veces, y ya intentaba memorizar toda la letra. Pronto estaría buscando videos en vivo y diferentes versiones, para luego escuchar cada una cuidadosa y atentamente, repitiendo mentalmente la letra a medida que sucedía, separando frase por frase y ajustándola a su situación personal. Quizás otra persona hubiese compartido la canción, puesto un link. Pero ella no. No podía.
Igual todavía sonaba la séptima canción. No entendía esa canción. No era mala (en ese momento de su vida no hubiese podido admitir que sí, quizás 3 o 4 de los 13 temas estaban de relleno, lo cual no quería decir ni a palos que fuera un disco malo... hay que hacer 13 realmente buenos temas y estos muchachos eran sólo otra banda que había surgido en el momento y lugar justo, con el sonido que a alguien le pareció que se necesitaba allá afuera), pero no se destacaba, era una de esas cancion cuya letra o melodía no podía memorizar a pesar dehaber escuchado el disco ya incontables veces. Y qué. Ella de todas formas seguía sumida en su angustia feliz, su tristeza entendida, comprendida por aquellas 13 canciones, durante esos cuarentay tres minutos y medio de balbuceos de guitarras eléctricas a través (había contado ella) dos o tres pedales diferentes, buena voz para ese tipo de música, impecable southern accent, bajo y baterías decentes que aparecían en momentos muy cuidados, cuando las guitarras lo permitían; pero, sobre todo, cuarenta y tres minutos de lírica con vagas refencias culturales, líricas que ella había escuchado, leído, interpretado y adoptado como propias. Le cantaban a ella, y a ella sola. A ella que no podía dormir porque se angustiaba, a ella que tenía que seguir viviendo a pesar del insomnio recurrente, a ella cuyo día había terminado hacía 40 minutos, más los ventiocho del disco que ya habían pasado y quedaban menos de veinte y ella ya había decidido escucharlo de nuevo una vez que terminara, pero esta vez con el booklet en mano, por las dudas.
El noveno tema terminaba y ya llegaba el décimo, el (prontamente) favorito. La canción con la letra con la que más se había sentido identificada, con la frase que resumía todo aquello que ella sentía en ese momento de su vida, toda su situación, la causa de su insomnio y (casi) todos sus problemas. Subió el volúmen. Estaba acostada boca arriba, ojos cerrados, brazos y piernas extendidos. Hizo su mejor esfuerzo por cantar bien la letra, cada verso, cada palabra memorizada. Y durante las partes sin letra se dejó llevar por la melodía, cada acorde, cada nota, la batería que venía muy por atrás y envolvía todo y se lo llevaba y finalmente la voz volvía a aparecer, y ella cantaba hasta la última palabra, sabía de memoria las peculiaridades de la pronunciación de cada sílaba y por con qué rimaba cada una; le había adjudicado su propio significado a cada frase y en ese momento de su vida estaba convencidísima de que todo el disco había sido escrito y compuesto con el fin de hacerla sentir mejor, de ponerle una nota de felicidad a ese momento de insomnio y tristeza.
Y la canción terminaba e inmediatamente ella la repetía y todo volvía a suceder. Se permitía vivir en ese loop por unos veinte minutos; parar el mundo y sentirse comprendida y un poco menos triste que antes.
Y a la cuarta repetición sintió ganas de compartir su amor afición por esa canción con el mundo (su mundo); pero inmediatamente recordó que no podía, que otra persona ya la había compartido el día anterior, con la mismísima frase que ella hubiera resaltado, y ella misma había indicado que le gustaba, que le parecía bien,  que estaba de acuerdo. Que empatizaba, y ahí en ese momento fue cuando todo cobró un significado diferente al que venía teniendo, y ella aprovechó la quinta repetición para prestar especial atención a aquella parte de la letra e intentar ¿adivinar? qué era lo que aquella otra persona podía llegar a interpretar desde esa frase, su frase. ¿Frase de quién? Y envuelta en todas estas ideas, en un momento indefinido se quedó dormida. Pasada una semana o dos ya no querría escuchar más ese cd, y quedaría guardado cuidadosamente o no en algún lugar, con otros cds o no; y en mucho tiempo ella quizás lo encuentre pero decida no escucharlo por los recuerdos, porque habrá música que una no escucha porque está pegada felicidades ahora ausentes, pero también pasa al revés, y ella iba a pensar en ese disco como la banda sonora a su insomnio por tristeza y angustia por insomnio e insomnio por angustia y tristeza y no iba a poder escucharlo, y no iba a querer escucharlo.

jueves, 22 de agosto de 2013

A Red Dress



Harry woke up in a rather suddenly way, with the feeling that something wasn't quite right. The minute he tried to get up, he realised perhaps he shouldn't have drank that much. He also noticed Kate's absence and the lack of a 'brb luv u' note. As Harry shambled across the apartment he couldn't stop thinking that something -other than his hangover- was wrong. With the first sip of his coffee, he remembered. August 18th was Kate's birthday.
Slightly annoyed with himself for having forgotten his girlfriend's birthday, he decided to make the most out of Kate's absence. Thinking that she may have had some urgency at work earlier and may return unexpectedly, Harry dressed himself as quickly as his still existing headache allowed him to do so and promptly left the building.
He wandered through many clothing shops having Kate’s image in mind. Being a tall and slim woman, most of the time Kate gave the impression of being a high-fashion model rather than a bookkeeper.  Harry’s appearance, on the other hand, was that of a retired football player –a little bald, a little overweighed- because that was exactly what he was. Against all odds though, Harry and Kate looked like the perfect couple, perhaps because of the fact that they both had natural ginger-coloured hair.
After Harry had walked over ten blocks, he found the perfect dress: sleeveless, red, and elegant. It would surely look great with Kate’s long, wavy, ginger hair and she would be delighted to wear it later that night, when he take her out to have a romantic dinner in a fancy restaurant.
While returning home, Harry couldn’t avoid imagining Kate wearing the recently acquired dress. Kate eating in the red dress, Kate laughing in the red dress, Kate asking Harry if the red dress looked good on her… And that’s when Harry remembered. The yelling, the blaming, Kate’s departure, Harry’s reason for having drunk too much.
The headache returned as Harry directed back to the clothing to shop to return the present he had bought.