Hacía un día espléndido.
Esa cartera era cómoda, no había necesidad de llevar nada en mano.
La música que sonaba era acorde al clima.
Allá arriba en sus plataformas de seguridad para quien estuviese dispuesta a sacrificar la comodidad, efectivamente se sentía segura. El pelo volaba con el viento, desde una vista lateral, de hecho parecía querer despegarse de ese cráneo.
Su ropa era inexpresiva y no dejaba ver nada, pero a la vez mostraba demasiado.
Quizás le sonrió a algún niño.
Quizás le guiñó el ojo a algún otro.
Quizás se veía feliz.
Ella quería morir.
Sabía con quién quería hablar, sólo que no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo.
Cruzó la calle y la música sólo era una distorsión de fondo.
Nunca hubo música en su camino. Y estaba bien.
Todo puede estar bien.
Tus incómodas plataformas te harán tropezar y vas a ser otra ridícula más.
No cortar, rezaba el collar.
Prohibido violar.
Todos los empleados deberán lavarse las manos; tenemos permitido el mentir.
No quiero estar bien.
No quiero estar mal.
No quiero sentir más.
No hay música ahora.
Estamos trabajando para mejorar el servicio.
Sentate, vení, al lado mío.
Cuidado con el piso mojado, te podrías caer.
Y parece que alguien se robó el cartel.
Prohibido reclamar, prohibido amar, prohibido violar, prohibido querer.
No está permitido comer en este establecimiento.
Estoy pensando cómo pagar mi próxima factura.
Soy libre, soy libre, repetí conmigo.
Porque el cliente siempre tiene la razón.
Y en caso de no quedar satisfecho con el producto, usted no recibirá nada a cambio.
Y usted tendrá que pagar las deudas.
Y nuestra empresa se reserva el derecho a reírse con sus asociados si así lo desea.
Todos sus secretos son nuestros.
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