martes, 20 de agosto de 2013

Y porque sí, en el medio de mi oración, Dylan aplastó un caracol que le pasaba por al lado.
—¿Qué problema tenés? Enfermo. —le espeté.
Estábamos discutiendo, y aún en el marco de una discusión, no estaba bien decirle que era un enfermo. En ese momento no me importó, más bien que conseguí la reacción de él que esperaba y por eso no me importó en el momento. Más tarde sí.
Dylan tenía problemas, varios. Muchos eran yo a veces. Yo cuando me pongo pesada. Yo triste. Yo de mal humor. Yo decepcionada. Yo. Yo era el caracol, si así lo prefieren; era a mí a quien quería aplastar mientras andaba a su lado distraídamente, sin vérmelo venir pero de alguna forma también sospechándolo y no haciendo nada al respecto nunca, olvidándome de que Dylan no dudaría ni un momento y en la primera oportunidad me aplastaría si yo no hacía algo con respecto a mis emociones.
De cualquier modo, esperé una cantidad prudencial de tiempo y fui atrás de él.
Dylan tenía problemas-conmigo y consigo-, pero no era un monstruo. De hecho, lo encontré casi llorando.
Nunca ví a Dylan llorar o supe qué onda su llanto. A veces me parece como si toda su vida se hubiese esforzado demasiado por ser indiferente y el más mínimo incidente, que hasta a mí me parecía insignificante y completamente carente de significado, lo pusiera al borde del llanto; pero no, lo había escuchado con la voz quebrada y eso era lo más lejos que había logrado ahondar en sus sentimientos.

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