Hola.
Estás paradx frente a un mar, un océano.
Esta persona estaba parada junto a una masa de agua; no sabemos si dulce o salada. Contemplaba los delfines saltarines en la lejanía, más allá de donde pudiera llegar por su cuenta, las profundidades.
- ¡Todos podemos ser delfines! - oyó decir a una ilusa. - Todos nosotros podemos pintarnos con látex plateado y construirnos "alas" con cartón; nos lanzaremos todos al agua y nos convertiremos en delfines para ser admirados y respetados por toda la fauna marina y aquellos individuos como aquí mismo lo eres tú, un espectador que mira y admira el nadar de éstos animales.
Nuestra persona, quieta en la orilla, miraba como uno a uno, "todos" llegaban con sus cuerpos pintados de plateado y "alas" de cartón y se lanzaban sin chistar, imitándose unos a otros, al agua. Todos querían ser delfines de pronto.
La masa de agua se colmó de individuos queriendo ser delfines y no consiguiéndolo; pobres aspirantes que creían ser una verdad absoluta.
Individuo seguía quieto y firme, sin dejarse arrastrar por los vientos, las correntadas y presiones atmosféricas que hacían que otros individuos indecisos decidiesen querer ser delfines también; observaba como, al pasar cierto tiempo, los aspirantes a delfines comenzaban a comportarse de forma colectiva y olvidaban quienes solían ser: individualidades, personalidades y hasta almas flotaban encima del agua, negándose a volver a sus dueños (porque lo único que siempre les pertenecerá es su alma).
Brotaba gente de debajo de la arena, queriendo pertenecer al cardumen de peces dorados, a veces querían algunos ser ballenas, y así sucedió con la mayoría de la fauna marina.
Más y más almas huían de sus dueños refugiándose en la orilla.
Ésta persona tenía una caja. Una caja en forma de corazón. Con su caja-con-forma-de-corazón, fue recogiendo las almas una por una, poniéndolas a salvo pero a la vez, teniéndolas listas por si sus dueños alguna vez querían recuperarlas.
Estás paradx frente a un mar, un océano.
Esta persona estaba parada junto a una masa de agua; no sabemos si dulce o salada. Contemplaba los delfines saltarines en la lejanía, más allá de donde pudiera llegar por su cuenta, las profundidades.
- ¡Todos podemos ser delfines! - oyó decir a una ilusa. - Todos nosotros podemos pintarnos con látex plateado y construirnos "alas" con cartón; nos lanzaremos todos al agua y nos convertiremos en delfines para ser admirados y respetados por toda la fauna marina y aquellos individuos como aquí mismo lo eres tú, un espectador que mira y admira el nadar de éstos animales.
Nuestra persona, quieta en la orilla, miraba como uno a uno, "todos" llegaban con sus cuerpos pintados de plateado y "alas" de cartón y se lanzaban sin chistar, imitándose unos a otros, al agua. Todos querían ser delfines de pronto.
La masa de agua se colmó de individuos queriendo ser delfines y no consiguiéndolo; pobres aspirantes que creían ser una verdad absoluta.
Individuo seguía quieto y firme, sin dejarse arrastrar por los vientos, las correntadas y presiones atmosféricas que hacían que otros individuos indecisos decidiesen querer ser delfines también; observaba como, al pasar cierto tiempo, los aspirantes a delfines comenzaban a comportarse de forma colectiva y olvidaban quienes solían ser: individualidades, personalidades y hasta almas flotaban encima del agua, negándose a volver a sus dueños (porque lo único que siempre les pertenecerá es su alma).
Brotaba gente de debajo de la arena, queriendo pertenecer al cardumen de peces dorados, a veces querían algunos ser ballenas, y así sucedió con la mayoría de la fauna marina.
Más y más almas huían de sus dueños refugiándose en la orilla.
Ésta persona tenía una caja. Una caja en forma de corazón. Con su caja-con-forma-de-corazón, fue recogiendo las almas una por una, poniéndolas a salvo pero a la vez, teniéndolas listas por si sus dueños alguna vez querían recuperarlas.
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