Aspira profundamente. Es tan hermoso; es mucho más hermoso que... bueno, casi todo lo
demás, realmente. En otro mundo, ella podría haberse pasado la vida leyendo. Pero éste
es el mundo nuevo, el mundo rescatado; no hay mucho espacio para la ociosidad. Tantas
cosas se han arriesgado y perdido; tantas han muerto. Menos de cinco años antes, al
propio Dan se le dio por muerto, en Anzio, y cuando dos días después se supo que estaba
vivo (tenía el mismo apellido que un pobre chico de Arcadia), pareció que hubiese
resucitado. Parecía que había regresado, con su buen carácter, y el modo en que olía, del
reino de los muertos (qué cosas se contaban de Italia, de Saipan y de Okinawa, de madres
japonesas que mataban a sus hijos y se suicidaban antes de que las hicieran prisioneras), y
cuando llegó a California le recibieron como si fuera algo más que un héroe normal. Podría
(en palabras de su madre alarmada) haberse casado con cualquier muchacha, con una
reina de la belleza, una chica vivaracha y complaciente, pero, instigado por algún genio
oscuro y perverso, había besado, cortejado y propuesto matrimonio a la hermana mayor de
su mejor amigo, la rata de biblioteca, la chica de aspecto extranjero y ojos oscuros y muy
juntos y nariz romana a la que nadie había cortejado y apreciado; a la que siempre habían
dejado sola, leyendo. ¿Qué otra cosa podría haber respondido ella? ¿Cómo iba a rechazar
a un joven guapo y bueno, prácticamente un miembro de la familia, que había regresado de
entre los muertos?.
Michael Cunningham - Las horas
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