martes, 20 de septiembre de 2011

Aspira profundamente. Es tan hermoso; es mucho más hermoso que... bueno, casi todo lo 
demás, realmente. En otro mundo, ella podría haberse pasado la vida leyendo. Pero éste 
es el mundo nuevo, el mundo rescatado; no hay mucho espacio para la ociosidad. Tantas 
cosas se han arriesgado y perdido; tantas han muerto. Menos de cinco años antes, al 
propio Dan se le dio por muerto, en Anzio, y cuando dos días después se supo que estaba 
vivo (tenía el mismo apellido que un pobre chico de Arcadia), pareció que hubiese 
resucitado. Parecía que había regresado, con su buen carácter, y el modo en que olía, del 
reino de los muertos (qué cosas se contaban de Italia, de Saipan y de Okinawa, de madres 
japonesas que mataban a sus hijos y se suicidaban antes de que las hicieran prisioneras), y 
cuando llegó a California le recibieron como si fuera algo más que un héroe normal. Podría 
(en palabras de su madre alarmada) haberse casado con cualquier muchacha, con una 
reina de la belleza, una chica vivaracha y complaciente, pero, instigado por algún genio 
oscuro y perverso, había besado, cortejado y propuesto matrimonio a la hermana mayor de 
su mejor amigo, la rata de biblioteca, la chica de aspecto extranjero y ojos oscuros y muy 
juntos y nariz romana a la que nadie había cortejado y apreciado; a la que siempre habían 
dejado sola, leyendo. ¿Qué otra cosa podría haber respondido ella? ¿Cómo iba a rechazar 
a un joven guapo y bueno, prácticamente un miembro de la familia, que había regresado de 
entre los muertos?. 

Michael Cunningham - Las horas

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